Cartas oceánicas

Volverlo a ver

La silueta de Federer sobre el pasto santo del All England, pertenece al exclusivo archivo fotográfico que incluye la imagen de Pelé con un sombrero de charro en el Azteca, la de Michael Jordan volando con un balón en la mano, la de Jesse Owens saludando a la bandera en el podio, la de Usain Bolt volteando a ver a sus rivales antes de cruzar la meta, o la de Michael Phelps extendiendo los brazos en el agua como una mariposa. Federer, ha dominado la historia del tenis desde su época, y se ha metido de lleno en la lista de los mejores atletas de la humanidad. Instalado en semifinales con siete títulos de Wimbledon en su carrera, el fin de semana buscará convertirse en el jugador más ganador del torneo. Las marcas que rompe y persigue, lo sitúan en un lugar inalcanzable, no solo por la magnitud de sus números, sino por la calidad de su juego: impecable a los 35 años. Una edad que lo acerca sin disimulo a la parte final de su carrera, a la que está llegando en plenitud de facultades, una condición muy difícil de observar en el mundo del deporte. Casi un milagro en estos tiempos de modernos aficionados, acostumbrados a devorar a sus ídolos, sin tiempo para recuerdos, ni paciencia con los viejos; crueles buscadores de datos: cuánto gana, cuánto corre, cuánto vale y cuándo llega el nuevo mejor jugador. Espigada, elegante, elástica y ejemplar, esa silueta que se ha vuelto icónica, continúa jugando cada bola con la maestría de una leyenda y la humildad de un novato. La combinación entre sabiduría y deseo, no se ve muy a menudo, pero Federer la atesora como pocos atletas se han visto. Cuando los grandes atletas envejecen, enseñan más sus derrotas que sus victorias, no importa si Federer gana o pierde, lo que importa es volver a verlo jugar.

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