Cartas oceánicas

Veteranos de guerra

Cuando el poderío de la Premier League logró reeditar una de las historias más vendidas del futbol en las últimas décadas, el mundo se frotó las manos por ver los duelos que Guardiola y Mourinho representarían con sus equipos. Al final de temporada, con el City y el United detenidos en la cuarta y quinta posición, la discusión perdió encanto. El empate de ayer a cero goles en el Etihad, resume la fatiga competitiva que hay entre los personajes: intratables durante su etapa en la Liga, Mourinho y Guardiola se cansaron de pelear. Aquella célebre rivalidad que convirtió a las zonas mixtas y ruedas de prensa en bonus track del prime time televisivo, está lejos de levantar pasiones, provocar delirios y dividir el juego en dos mitades. Ni el City ni el United se parecen a sus entrenadores, que como dos viejos amigos, se han repartido una victoria, un empate y una derrota durante un campeonato regular. El protagonismo que cobró la posición del director técnico con ambas figuras alcanzó cuotas de popularidad imposibles de replicar. Va a ser difícil que el futbol disfrute otra pareja de entrenadores tan apasionada como ésta. En ella, coincidieron todos los factores necesarios para escribir un drama: clásicos, eliminaciones, goleadas, broncas, títulos, arrebatos, política, dos equipos gloriosos y los mejores jugadores de la época. Repetir la misma historia traducida al inglés, es inútil. Lejos de Madrid y Barcelona, única rivalidad universal, Mourinho y Guardiola encontraron un lugar para dirigir dos buenos equipos a la sombra de un gran roble. Conservan los derechos de autor sobre el puto amo, el dedo en el ojo, los aspersores y otras batallas memorables; al final decidieron firmar el armisticio: en Machester descansan en paz.

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