Cartas oceánicas

Un deportista por encima del deporte

Los años de Usain Bolt al frente del atletismo mundial coincidieron con la etapa más oscura en la historia de su deporte. El atletismo, pilar fundamental en el desarrollo del movimiento olímpico, tuvo en la figura del velocista, un atleta fuera de este mundo, una oportunidad inmejorable para poner los pies sobre la tierra. Desafortunadamente la IAAF desaprovechó el impulso que el hombre más rápido de la humanidad ofrecía, y continuó por ese carril desangelado que ha ido alejando a tanta gente de las pistas. La Federación internacional fue incapaz de articular un relanzamiento del deporte que gestiona, alrededor de un competidor que representaba el sueño de cualquier organización deportiva: llenaba estadios, seducía patrocinadores, movía las agujas del rating y cautivaba al público dentro y fuera de las pistas. Bolt recorrió tres ciclos olímpicos triunfales, estamos hablando de doce años en la cúspide, y sin embargo, su paso da la sensación de haber sido fugaz. Nadie se preocupó por aprovechar la poderosa estela que aparecía detrás suyo en cada carrera: el relámpago salía a la pista, corría en solitario y transitaba hacia lugares donde el atletismo no se atrevía a seguirlo. Su estallido opacó cualquier iniciativa, en caso de que la hubiera, por estar a su nivel. Incluso fue cuestionado por sus formas, su manera de entender el deporte como un show o su estilo para interpretar el personaje que encarnaba dentro de una disciplina reservada a los clásicos. Por si fuera poco, durante todo este tiempo tan convulso para el atletismo, Bolt se mantuvo alejado del escándalo y su corrosiva sustancia, fue un atleta ejemplar. Su retiro sobre aviso, deja al atletismo en una posición desoladora: el deportista, estuvo por encima del deporte. 

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