Cartas oceánicas

El último invierno del portero

No hubo ofertas porque a ningún equipo le interesa contratar un portero memorable y Guillermo Ochoa, apolillado, se volvió un recuerdo que sacude todos los domingos el polvo del banquillo, sueña con el Mundial de Brasil y confirma el pin de su cuenta bancaria. La única explicación para seguir en el Málaga es financiera: en Europa no hay clubes dispuestos a pagar su salario. Ochoa tiene esa edad en la que no se sabe si un portero es viejo, o un joven entrado en años. Las siete vidas que mantienen a los guardametas, le garantizan un tercer aire. El que viene, soplara por el norte o el sur, sería el último. Pero a unas horas de cerrar otro mercado invernal, seguía contemplando los atardeceres desde la Malagueta esperando que Kameni envejeciera. Todos los antecedentes apuntan en una dirección: Ochoa perdió el riesgo del aventurero que buscó una vida en el futbol europeo. Encontró una casa, una playa cálida y se acomodó. Ningún detalle, por más que culpemos al técnico o al portero titular, nos revela una actitud rebelde, de futbolista bravo, que demuestre inconformidad. Ochoa ha pasado demasiado tiempo callado, quieto y entumido. Aceptó un ocaso adelantado agotando con aburrimiento su contrato con el Málaga. No se puede juzgar su decisión, al final de cuentas, se gana la vida entrenando y por ello le pagan. Es un profesional, tiene una familia y como cabeza de ella, provee más de lo que muchos podríamos soñar. La otra lectura tiene que ver con la única razón del juego: jugar, emocionar y cautivar. A nadie gusta su papel secundario, pero nadie puede decirle a Ochoa que su etapa como héroe haya sido en vano. Vivió un momento envidiable, único en la carrera de cualquier futbolista: fue el ídolo de un Mundial.  

 

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