Cartas oceánicas

El tronco y el traidor

Cuauhtémoc y Luis Hernández, por ejemplo, son ídolos de la afición mexicana. Gozan de incuestionable popularidad. Pero su herencia es sostenida por una patriotera cultura futbolera, muy lejos de lo que el “traidor” Carlos Vela y el “tronco” Chicharito han logrado. Jugadores que pusieron rumbo a Ligas industriales, triunfando en equipos de obreros, miércoles y domingo, miércoles y domingo; sin tiempo para fallar. Chicharito y Vela con carrera fuera del gran templo, no viven de la posición totémica que ofrece el Tri. Al contrario, son los futbolistas más cuestionados en la historia de México. Los “memes” favoritos: el tronco del United fichado por Real Madrid y el traidor de la Real Sociedad, que buscó un nombre lejos de las faldas de la selección nacional. La temporada de Cuauhtémoc en Valladolid con 27 años, menos ridícula que la de Luis Hernández en Boca Juniors con 29, explican el síndrome. Los futbolistas intocables para la afición mexicana son los que viven de la selección. Un monumento protegido que juega 4 partidos importantes cada 4 años. No los que aceptan el riesgo de cargar todos los días el nombre de México en ligas mayores. Cuauhtémoc y Luis Hernández no tenían madera para jugar fuera, ni carácter. Imposible con esa apretada agenda que ofrecía la “socialité mexicana” al futbolista bien macho, con un ritmo de competencia ad hoc para vivir como “celebritie”, miércoles y domingo, miércoles y domingo; sin exigencia. La culpa no es de Blanco y Luis Hernández, estupendos jugadores regionales que viven de ese enorme latifundio de la selección nacional. La culpa es del aficionado incapaz de disociar la palabra país, de la palabra futbolista. Una cultura de la que Chicharito y Vela se alejan.   

 

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