Cartas oceánicas

El triunfo de la vergüenza

Faltando cuatro jornadas para clasificarse a Rusia 2018, España e Italia se juegan el liderato de grupo en el Bernabéu. Empatados con 16 puntos, una derrota en cualquier lado de la cancha significa repechaje: es la crudeza de la ronda europea. De tal forma que el de mañana, se convierte en el primer gran partido del Mundial. El paso de la selección italiana por Madrid en un partido oficial 35 años después, exhuma los restos de uno de las mejores equipos en la historia de los mundiales, aquella squadra dirigida por Enzo Bearzot campeona en España 1982, es un álbum de estampas para toda una generación: la nariz de Rossi, el festejo de Tardelli, el suéter de Zoff, la melena al viento de Conti, la mandíbula de Cabrini, la dentadura de Gentile, los codos de Scirea, las piernas de Altobelli y la sonrisa presidencial de Sandro Pertini en el palco del Rey. El triunfo de Italia con un estilo sinvergüenza, produjo fascinación por el calcio. Venció en retahíla a la Argentina de Maradona, al Brasil de Zico y a la Alemania de Rumenigge. Fue el inicio de la época más brillante del futbol italiano, aunque tardó 24 años en recuperar el título mundial. A partir de Alemania 2006, Italia es víctima de una profunda confusión. Eliminada en primera ronda de los últimos dos mundiales, ha sido vencida por la vergüenza. Sin ella, los italianos eran capaces de consagrar el talento de sus futbolistas, al estricto cumplimiento del deber. El último en intentarlo fue Pirlo, extraordinario media punta reconvertido en un contención con grandes ideales. Sobran motivos para mirar este juego como decisivo en el futuro de Italia, son el tipo de noches que ayudan a recuperar la personalidad histórica de un equipo, que en ese estadio, tiene su mayor recuerdo.

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