Cartas oceánicas

El triunfo chileno

Por alguna razón, Chile, origen de estupendos jugadores, nunca terminaba de parecer un equipo grande, llegando a jugar con 11 caciques, representaba un cuadro tierra adentro: a veces araucano, otras criollo, guerrero, batallador, muy fino o explosivo.

Pero no existía un título que documentara la esencia del futbol chileno, ni siquiera el patentado por el ingeniero Pellegrini, embajador de los mejores rasgos andinos, podía definirse como el típico sello chileno.

Sucedía lo contrario con sus jugadores, ellos sí, capaces de patentar una raza, recios y de gran clase en defensa, la mayoría descendían de Elías Figueroa, la auténtica estampa americana del zaguero; con gran lectura del juego y una personalidad arrolladora, Figueroa, tan emblemático como Passarella o Beckenbauer, nos ofreció en algún periodo de la historia del juego, la mejor pista para descifrar su misterio: el chileno siempre fue un futbol acaudillado.

Cruzando medio campo todo indicaba que se trataba de perseverancia o talento, pero de Caszely a Zamorano o de Patricio Yáñez a Marcelo Salas, no había suficientes jugadores para confirmar que Chile era un clásico internacional.

Rodeado de gigantes como Brasil, Argentina y Uruguay, y sin ningún título, Chile ocupó durante años un modesto lugar en la escena mundial.

Hoy, sin importar los resultados, los chilenos continúan haciendo patria fuera de ella, se han convertido en el rival que nadie quiere, del que todo mundo habla maravillas y que termina siendo una advertencia en los grandes acontecimientos del futbol universal.

Ganando o perdiendo, Chile alcanzó uno de los objetivos más complicados de cualquier selección nacional: no importa quién juegue o qué generación uniforme su camiseta, todos saben cómo quieren jugar. 

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