Cartas oceánicas

El triángulo de Ares de Parga

Milutinovic, Velarde o Sanabria, pasaban las mismas horas en el campo del primer equipo, que en los terregales donde se formaban las inferiores. En aquellas épocas, el único equipo de Universidad que entrenaba en cancha empastada era el de Primera División. El resto de categorías se batía en la tierra: una forma para que los juveniles mantuvieran los pies en ella y los profesionales recordaran su procedencia. Así que con la gorra puesta, los técnicos trabajaban por la mañana en el estadio Olímpico y por la tarde, supervisaban el trabajo de cantera. Lo mismo hacían Aguilar Álvarez y Levinson, a quienes era común ver dialogar con los padres, llamar la atención al joven que no se fajaba la camiseta y asistir a los partidos de cualquier equipo representativo. El espíritu de fuerzas básicas empezaba en lo más alto de la organización. Se trabajaba de abajo para arriba porque el mantenimiento de Pumas dependía de la formación de jugadores, no de la producción de futbolistas. Los jugadores formados en CU adquirían un sello que dignificaba el estilo de la institución dentro y fuera del campo. En los últimos años, Pumas confundió estos conceptos a pesar de los títulos conseguidos. Formar profesionales, en tiempos donde al joven le seducen valores económicos antes que deportivos, es un apostolado. La cantera de Universidad fundada con vocación educativa, perdió una cultura que la convirtió en escuela de futbolistas. Por eso se decía que los jugadores de Pumas tenían escuela. Rodrigo Ares de Parga esboza un plan estratégico basado en tres principios: cantera, finanzas y resultados; lo compara con el triángulo que forma su escudo. En el papel es perfecto, pero al centro deberá recuperar el espíritu de Universidad: formación.   

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