Cartas oceánicas

La transmisión nacional

Buenos triunfos, aunque a muchos no parezca, consiguió Miguel Herrera con selección derrotando a Honduras 2-0 y a Panamá 1-0. En esta zona maldita, sin importar dónde se juegue ni qué está en juego, hay que mantener la seriedad siempre. México lo hizo y el proceso de Herrera que en realidad empezó con estos partidos, arranca sin bromas. Saber gestionar a la selección es algo que se complica cuando el aficionado cree, o le hacen creer, que en todos los partidos hay algo más emotivo que el trabajo diario. A México se le exige más que a otras selecciones porque el aparato que lo comercializa es muy eficiente. De los más productivos del mundo. Esto causa tanta presión que al llegar los partidos y torneos grandes se derraman millones de dólares en ilusiones. Los juegos de preparación, que abundan, son eso: un entrenamiento con público y transmisión nacional. Por lo general muy aburridos y bien vendidos. Pero si hay un entrenador sensato estos juegos “moleros” se justifican. Son materia prima de un negocio que produce confianza al interior de un grupo que prepara retos de calado como la defensa de la medalla olímpica, la recuperación de Concacaf en Copa de Oro, la Copa América, las eliminatorias y el Mundial. El camino es largo y como tal, pesado. Pero más tedioso se vuelve si en cada partido de la selección se dice y se cree, que hay un resultado por cuantificar, por reseñar, por escribir. Herrera más que un técnico es un administrador de pasiones. Su trabajo durante los próximos cuatro años será entrenar futbolistas, directivos, medios y aficionados. Lo emocionante para todos son los partidos grandes, de acuerdo. Pero en medio hay muchos partidos a los que dar su justa medida, dará justicia al futuro.  

 

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