Cartas oceánicas

El hombre que atravesó montañas

Con 32 años, una imagen invisible para las marcas, sin atractivo en los medios y un pasaporte keniata; Chris Froome (4), ha dejado atrás el escalón de Fausto Coppi (3), Greg LeMond (3) y Laurent Fignon (3); para perseguir a Miguel Indurain (5), Bernard Hinault (5), Eddy Merckx (5) y Jacques Anquetil (5): Zeus, Júpiter, Poseidón y Apolo del ciclismo mundial. Sin embargo, el nombre y apellido del tetracamepeón del Tour de Francia no parece formar parte de una época. La hazaña de Froome, meterse de lleno en la historia de uno de los deportes más practicados en el mundo, es observada con disimulo por un sector  de la prensa y el mercado deportivo. Froome, británico nacido en Kenia, acaba de conseguir por cuarta ocasión consecutiva uno de los títulos más tradicionales y exigentes del deporte, convirtiéndose, de acuerdo a la estadística, en el quinto mejor ciclista de todos los tiempos; pero nada, ni nadie, se entusiasma con ello. El daño causado por Lance Armstrong, ganador de siete títulos apócrifos en el Tour, empieza a resultar irreparable. Las secuelas que dejó en el ciclismo, herido de muerte, deterioraron a tal grado la credibilidad de este deporte, que ya no somos capaces de asombrarnos ante la victoria de un atleta que ha dominado la clásica competición durante los últimos cuatro años. Froome, el monstruo de las cumbres, debería aparecer esta mañana en las portadas de medio mundo, pero aunque sus ataques a las cimas del Tour formen parte de las mejores momentos del año, le toca vivir una etapa donde que la opinión pública sigue manteniendo el veto sobre su deporte. Dentro de algunas décadas, cuando el esplendor del ciclismo regrese purificado, se hablará mucho de Froome: el hombre que con una bicicleta atravesó montañas. 

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