Cartas oceánicas

La tenista desnuda

La carrera de María Sharápova recorrió como ninguna el peligroso camino que hay entre el marketing y el deporte: cuando perdía nos encontrábamos frente a la tenista más guapa del mundo y cuando ganaba, era una mujer de singular belleza que de repente jugaba un tenis de fantasía. En toda su trayectoria, nunca existió un punto medio que ayudara a definir si se trataba de una atleta de culto, o de una súper modelo que aprovechó su elegante derecha para crear un emporio alrededor del culto a la imagen. Sharápova fue muy ubicada en la pista, corría poco aunque con inteligencia, su drive era bueno, su saque decente, su revés regular y su remate muy malo; odiaba la red. Era una jugadora de un solo golpe, pero con él alcanzó la cima del tenis a los 17 años venciendo en la final de Wimbledon a Serena Williams. La historia de una joven siberiana, tan atractiva como la diva Kournikova y apoyada por la experta Navratilova, cubría con eficacia las estrategias de comunicación de las grandes marcas. Nike había descubierto a la mujer maravilla, una deportista admirada por mujeres y hombres sería capaz de vender cualquier cosa. En poco tiempo, la tenista educada, se convirtió en la deportista mejor pagada de la historia y una de las mujeres más famosas sobre la tierra. Sus irresistibles encantos publicitarios nos hicieron olvidar que en el fondo era una buena jugadora: la campeona de Wimbledon, US Open, Australia y Roland Garros (2), acumulaba más contratos que torneos. Hasta que el doping, indefendible, mezcló el glamour con crueldad: aquellos hipócritas directores de marketing que patrocinaron su tenis como pretexto para explotar su belleza, no se tocan el corazón para abandonar a su modelo y dejar desnuda a la tenista.