Cartas oceánicas

Versus: enemigos del alma

El deporte a través del tiempo ha documentado rivalidades que lograron marcar generaciones de aficionados y fueron determinantes en la evolución de cada una de sus disciplinas. Eternidad y nobleza, características que mejor definen a los grandes enemigos, explican la existencia de clásicos como Ben Hogan vs. Walter Hagen, golfistas que llevaron la interpretación del juego por caminos muy distintos; Ali vs. Joe Frazier, combatientes de una época que convirtió al boxeo en portavoz de masas; Steve Ovett vs. Sebastian Coe, cuyas carreras dentro y fuera de las pistas hicieron del medio fondo una forma de vida; Larry Bird vs. Magic Johnson, basquetbolistas de estilos antagónicos con ideales comunes que lanzaron la NBA al universo; Chris Evert vs. Martina Navratilova, dos pioneras de la igualdad de género que gobernaron las audiencias con un carisma inigualable; Ayrton Senna vs. Alain Prost, siempre a orillas del peligro, compitieron con rectitud trazando una línea de vida que solo la muerte pudo cruzar; y Anatoly Karpov y Gary Kasparov, invitando al mundo a asistir con paciencia a las tablas con las que durante años construyeron sus fortalezas. Pero ninguna de las grandes rivalidades de la historia, ha ofrecido al deporte propiedades pedagógicas y terapéuticas como la de Roger Federer vs. Rafael Nadal. Viéndolos jugar, el tenis es apenas un pretexto para entender los beneficios humanos de la sana competencia. Federer y Nadal, han utilizado su rivalidad para hacer del deporte un poderoso mensaje de caballerosidad. La ejemplaridad con la que han sabido manejarse en la dolorosa derrota o la majestuosa victoria, los convierte en una especie de héroes en extinción. En tiempos violentos, no hay mejores enemigos que Federer y Nadal.  

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