Cartas oceánicas

La subterránea

En algún punto muy lejos de la Femexfut y fuera de los despachos de la mayoría de clubes, en el subterráneo de la selección o en el campito llanero deben estar haciéndose las cosas bien. No se me ocurre otra institución que la familia mexicana, madres y padres, para explicar el rotundo éxito de las selecciones infantiles. Porque a estos jugadores, todos ellos menores de 17 años, apenas ha tenido tiempo el futbol mexicano para mal educarles. Les vienen hechos, de norte a sur, con esos valores que solo pueden aprenderse en casa. Luego hay quien se confunde y pretende ver en el hijo Sub 17 un enganche para el coche nuevo o la hipoteca de un negocio y ahí, por lo visto, se descompone todo con la complicidad de promotores vampiro. Está por verse para qué nos sirven los Campeonatos Mundiales Infantiles, ante otro probable éxito del México Sub 17, valdría la pena hacer la autopsia a aquel México Sub 17 del 2005 para saber qué se hizo mal con Giovani y por qué Vela no nos quiere. La selección se ha devorado sus propios éxitos, es antropófaga. Acabó con los niños héroes, la generación dorada, los exportados, y todo por alimentar una popular bestia, deforme y egoísta. Tenemos que insistir cuantas veces haga falta, que el éxito del futbol mexicano no debe apalancarse a la selección nacional, tampoco al “dios Mundial”, porque todavía doblan las campanas de Catedral por aquel título del 2005 y ocho años después, la mayor sigue sin parecerse nada a la menor. México se ha convertido en semillero, ahí están las pruebas, la pregunta es si la estructura del futbol mexicano es el terreno propicio para sembrarlas, abonarlas y cosechar sus frutos. Por ahora la Sub 17 de Raúl Gutiérrez sigue en manos de sus padres.   


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