Cartas oceánicas

Encerrados en Stamford Bridge

Reposado, canoso y sabio, Andrés Iniesta compareció en la misma portería nueve años después: recogió una pelota en la zona del Iniestazo y con la delicadeza que resuelve los partidos ásperos, engañó con la mirada y entregó el balón a Messi, que después de ocho partidos, consiguió marcarle un gol al Chelsea inglés. Como a todos los equipos grandes, al Barça también le atormenta un escándalo arbitral, aquella noche del 2009 en Londres aparece cada vez que juega una fase decisiva en Champions League. Ese partido que significó el pase a la final, resultó determinante para canonizar al Barça de Guardiola. Siendo justos, el errático arbitraje de Ovrebo negándose a pitar al menos un penalti de los cuatro que continúan discutiéndose, ayudó a promover la etapa de gestación de una las grandes leyendas del futbol mundial. Después de aquella Champions (2009), el Barça ganó dos más (2011 y 2015). Pero por más que su estilo haya revolucionado el juego, dominando el futbol de la época, el asterisco que etiqueta su estadística le recordará toda la vida el escándalo de Stamford Bridge. Pasado el tiempo, la verdadera injusticia no parece el arbitraje desfavorable al Chelsea, sino el desprestigio que millones de detractores insisten en adjudicarle al Barça. Es difícil imaginar las consecuencias históricas que hubiese tenido otro resultado, lo que no puede ponerse en duda, es que aquel Chelsea de Terry, Ballack, Lampard, Anelka y Drogba, dirigidos por Hiddink, no iba a cambiar el panorama del futbol, como lo hizo el Barça de Puyol, Piqué, Busquets Xavi, Iniesta y Messi; dirigidos por Guardiola. Quien quiera restarle una Champions al Barça en función del arbitraje esa noche, tiene razón; lo que es irracional es negarle al Barça mil noches más. 

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