Cartas oceánicas

El souvenir

Ninguna imagen representa mejor el show del Mundial de Clubes que la figura del viejo Ronaldinho. Pateó una de las mejores faltas de año, golazo pegado al poste, tiro de gambetas, fintas, fue golpeado, aplaudido, y al terminar el partido, encuerado por los jugadores del Raja Casablanca quitándole hasta los zapatos. Ahí estaban los marroquíes frente al brasileño arrebatándose las ropas, y así queda Ronaldinho, convertido en souvenir. Quién sabe hasta dónde habría llegado este futbolista de no confundirse en la noche porteña de Barcelona. Justo Guardiola, a quien el Atlético Mineiro debía enfrentar en la Final, fue quien lo echó del Barça, una decisión que hoy parece lógica, pero en su día causó revuelo. Un joven Guardiola que venía de dirigir chamacos se ganó el respeto del vestuario la tarde que le pide recoger sus cosas del casillero. El Barça de entonces era un congal que bailaba al ritmo del brasileño. Ronaldinho entrenaba dos veces por semana, el resto de los días asistía para sesiones de hidromasaje, sauna y cámara hiperbárica donde el cuerpo médico le curaba las resacas. Su casa era un eterno carnaval y su hermano Roberto de Assis, aquel que pasó por Tecos, lo alquilaba hasta para hacer “dominaditas” frente a empresarios japoneses que pagaban buenas cantidades por tener a Ronaldinho como variedad en sus congresos. A la larga, de Assis fue condenado por lavado de dinero. Son días de Messi, Cristiano, Ibrahimovic... pero lo que jugaba este tipo era otra cosa, una fuerza natural, ni Cristiano ni el mismo Messi estarían hoy en este sitio si Ronaldinho se lo hubiese tomado en serio, pero así era, inconsciente, decadente. Da nostalgia verlo jugar, cuánto futbol desperdiciado, cuánta alegría sin control.  

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