Cartas oceánicas

La sombra blanca

Cuando los grandes atletas envejecen, enseñan más sus derrotas que sus victorias. Roger Federer, el mejor tenista de la historia, es también, un maestro perdedor. Pero el moderno aficionado al deporte, acostumbrado a devorar a sus ídolos, no tiene tiempo para recuerdos ni paciencia con los viejos. Necesita datos: cuánto gana, cuánto corre, cuánto vale y cuándo llega el nuevo mejor jugador. Federer llegó a la Final de Wimbledon, quizá la última, con la humildad del novato y las fuerzas de un veterano. Arrugada su condición de eterno favorito, el torneo fue una lección de honestidad para una generación que ha hecho del triunfo una cultura. Parece que no hay mas camino en el deporte que ganar. Falso. Federer lo ha ganado todo y sin embargo, ofrece a la derrota un lugar importante en su carrera. Volver a perder le ayuda a mantenerse vivo. Útil para todos. Hay una destructiva tendencia en la industria del deporte por reciclarlo todo. Incluso a las leyendas. En esa dinámica no hay peor escenario que el tenis. Porque un equipo puede seguir existiendo sin sus figuras, pero un tenista, no puede seguir si el solitario de blanco abandona. Llegando a esta etapa de su vida, el tenista decide jugar contra sí mismo. Y el viejo Federer, no podía encontrar rival más temible que la sombra del joven Roger. Espigada, elegante, elástica y ejemplar, mira con nostalgia al tenista que ya no puede mantenerse a su lado. En cada bola, se le escapa. Salir a la pista se ha vuelto un ejercicio doloroso, quién fui y en qué me he convertido, se pregunta Federer todos los partidos. La respuesta no está en los números, sumas y restas al fin. Está en su sombra, la única sombra blanca, una silueta inolvidable a la que Federer, no quiere derrotar.  

 

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