Cartas oceánicas

La soledad de aquel balón

Nadie te lo hubiera reprochado, mucho menos aquel balón que venía de una bota bien torcida, con el empeine mirando al suelo, puntera señalando el cielo y agujeta acompañando el duelo. Su trayectoria merecía las vitrinas de un club grande, iban a jubilarlo como el del campeonato. Descansando junto al trofeo de Liga el balón llevaría una placa con la fecha y el lugar: 11 de mayo del 2014; portería norte del Calderón, Atlético 2-1 Málaga, último minuto, cara al sol. Gol gana, como en los patios y en la calle, cuando cae la tarde y se duerme el futbol. Así debió terminar la vida de ese balón, con tres botecitos suaves tras la línea después de un último servicio atronador: invadir los tejidos fibrosos de un equipo, sacudir las redes, volverse gol. La jugada empezó muy al norte del estadio. En ese sitio del domingo con un rival echado y el tiempo agotado, el área visitante era otro polo del torneo. El mismo balón minutos antes escapó. No había tenido una jornada muy redonda, más bien estuvo inquieto. Rechazado en casi todas las zonas nobles del campo recorrió el partido sin dueño. Buscaba un rebote, al menos merecía un poste. Hasta que lo adoptó un buen atacante. Controlado y de camino al título, esperó el momento para salir disparado. El tiro fue muy noble, bien pegado, Adrián lo estaba rematando de un gran derechazo. Estadio en pie, homenaje puro, solo faltaba enmarcarlo porque el balón, ya era un momento. Entonces de la nada, frente al crepúsculo, apareció una mano defensora. Fue la vocación del guardameta, bien estirada, quien salvó la vida del balón. Nadie te lo hubiera reprochado Willy, mucho menos aquel balón desviado que sigue vivo pero solo, dentro de un saco, cuando pudo ser, el balón de un campeonato.  

 

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