Cartas oceánicas

El síndrome Cuauhtémoc Blanco

El regreso de Cuauhtémoc Blanco al campo de Coapa retrata con crudeza la orfandad del futbol mexicano y la frivolidad de nuestro sistema político. Las imágenes son de un realismo brutal: magnífico ex futbolista, de dudosa reputación civil, incierta preparación académica y reconocida incompetencia para ocupar un cargo público, es elegido alcalde; nombra secretario a su representante y vuelve al futbol escoltado por militares para recibir un homenaje absurdo. Es penoso que el futbol mexicano no haya entregado un nuevo ídolo a sus aficionados, y desolador que la política haya recurrido al ídolo para ganarse el voto de los ciudadanos. La figura de Cuauhtémoc es un síndrome social: quienes lo votaron consideran que un futbolista tan querido sería incapaz de robar a su pueblo, y quienes lo adoraron se conforman con ver un alcalde recibir una ofrenda en un estadio de futbol. Nadie se ha despedido tantas veces como Blanco, ni se han reclamado tantos homenajes en los medios por un jugador. Su influencia deportiva y cultural es tan relevante como preocupante. El último show que se ha preparado a su alrededor, destaca por su escaso sabor futbolero. Los grandes partidos de homenaje no requieren convocatoria ni son hechos a conveniencia de los organizadores. Son espontáneos, íntimos. No existen homenajes oficiales, lo que honra es el reconocimiento voluntario. El de América resulta tardío, parece forzado, resta seriedad al alcalde y dignidad al jugador. Carece de nostalgia, un elemento indispensable en las despedidas, y le sobra confusión: no se sabe si el evento es en honor a la popular carrera del futbolista o en apoyo a la débil trayectoria del político. Huele más a favor que a recuerdo, a propaganda que a futbol.

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