Cartas oceánicas

Siete goles no eran necesarios

Siete goles fueron demasiados; dos, quizá tres, eran suficientes. Porque con rotaciones o sin ellas, Chile es mejor equipo que México y lleva siéndole varios años atrás. Desde que fue dirigida por Bielsa, la selección chilena se ha preocupado por mantener un camino recto en el mundo del futbol. En 2007 Bielsa trazó un plan maestro que a punto estuvo de echar a perder Claudio Borghi (1 año), pero que en 2012 recuperó Sampaoli, y desde 2016 mantiene Juan Antonio Pizzi.

Son nueve años jugando el mismo futbol, la selección chilena, campeona de América, es uno de los estilos más reconocibles del mundo: presión, recuperación, estampida y despliegue. Pocos equipos dominan con tanto aplomo, un sistema que exige tanta intensidad a jugadores tan talentosos. Cuando un cuadro como el chileno juega un partido perfecto, es difícil superarlo y muy fácil llevarse un saco de goles. Pero en México estamos acostumbrados a mirarnos el ombligo. Existe una teoría, nunca comprobada pero bien afianzada en el medio, que coloca al futbol mexicano a la altura de cualquiera. Esta teoría casi siempre es escrita con un partido margen. Y efectivamente, a un partido, México puede vencer a cualquiera. El problema viene cuando hay que mantener un nivel constante a lo largo de los años. En ese espacio donde se sacrifican torneos, se regulan campeonatos y se establecen leyes generales en función de una idea, México no ha estado dispuesto a competir. No le interesa invertir en tiempo, pretende ser campeón de lo que sea, antes que construir una base sobre la que pueda fundarse una cultura de juego. Hoy, con una derrota de siete goles en las espaldas, pretende juzgarse, otra vez, el corto plazo. Antes del partido, México no era mejor equipo que el chileno, tampoco lo será mañana, ni dentro de algunos meses. Para alcanzar un nivel competitivo hacen falta años de trabajo sobre el mismo estilo, y luego, muchos años más. Siete goles son lo de menos, un par bastaba para demostrarlo.




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