Cartas oceánicas

Sensaciones que acompañan

El murmullo de la gente entrando por general, el orgullo de la popular, la voz del sonido local, la trompeta en la grada, la bufanda bien amarrada, un himno, una bandera y el silbatazo inicial. La procesión por Tlalpan, el claxon en Insurgentes y la avenida convertida en peatonal; un letrero de no estacionar, una calle sin salida, un puesto, dos puestos, muchos puestos y los árboles que arrullan los caminos de la Universidad. El cartel del taquillero, el llamado al cubetero, la canasta a hombros del taquero; un aplauso y un delantero, el silbido del gallinero, el viene-viene y el franelero. Una nube sobre el estadio, una gota, dos gotas, la lluvia reflejada por las torres de alumbrado; el tic del pase, el tac de otro pase, una bota, dos botas y el canto de gol ahogado. El volumen de la televisión, el timbre de la narración, el off, el on, el click al cambiar la programación. El grito de playball, el chasquido de la madera, un tirabuzón, la pelota contra el guante, el brazo del pitcher colgante, una ovación y un home run. Las hojas del calendario, el partido y el mismo horario; otras hojas, éstas recorriendo el vecindario: el otoño, la víspera del gran clásico. Siguiente canal, el tarara-tarara del líder mundial; un mariscal, un corredor y un receptor, dos equipos emparrillados, una yarda, cinco yardas, primero y gol: las cadenas sobre la línea de cal, diagonales y touchdown. Coros, fanfarrias y canciones, un crack, dos cracks, los aficionados subiendo al tren, martes de Champions, miércoles también; suena distinto, suena bien. El deporte, con sus sonidos, sabores, motivos y sensaciones, no impide el recuerdo ni distrae la atención de lo más importante cada mañana; pero en tardes de tristeza, su calor y nobleza acompaña.  

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