Cartas oceánicas

La selva negra

Ningún deportista ha intervenido tanto en la historia como Ali. Su contribución al movimiento de un mundo atado a los poderes que detenían el cambio, fue una energía que superaba las cuerdas. Los puños del boxeador eran armas universales. Ninguna noche tampoco, influyó tanto en la historia del deporte como la de ayer hace 40 años en Kinshasa. El combate Ali vs. Foreman devolvió al viejo campeón, casi un proscrito en Estados Unidos, el honor que la humanidad le guardaba. En el declive del luchador lozano, resurgió la figura de un agresivo emprendedor al que el sistema confinó en una selva. Nadie quería pagar por la pelea en territorio norteamericano. Así que el joven Don King la vendió a un dictador del África negra. Y ahí estaba Ali, liberado de su particular Vietnam, utilizado como propaganda en Zaire sangrando para Mobutu Sese Seko, un opresor de la raza. Rumble in the Jungle la llamaron. Foreman llegaba invicto con 40 victorias 37 por KO, tenía un molino en las manos. Ali era distinto, bailaba. Siete años más viejo mantenía la lucidez del idealista, le temblaban las piernas, buscaba los rincones y le fallaban los brazos. Se había entrenado en las calles de Kinshasa durante meses para un espectáculo que por su transmisión en directo arrancó a las 4 de la madrugada. Tras grandes series de intercambios en el séptimo, Foreman conecta a la mandíbula del retador que parece acabado. Ali lo abraza y al oído pregunta: ¿esto es todo lo que tienes George? Y lo remata en el octavo con dos combinaciones derecha-izquierda, recuperando el campeonato. Ali bomayé, Ali mátalo, el pueblo gritaba. Pero frente a la ternura de su ocaso, Kinshasa dejó en Ali cicatrices más profundas que aquella selva y lo que representaba.  

 

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