Cartas oceánicas

Los miserables

La única selección que debe dar un paso atrás para poder dar dos al frente es la italiana: no importa cuál sea su futuro en los próximos meses, su evolución para los siguientes años dependerá de su pasado. Como ningún equipo, Italia puede defender ante el público su derecho a no jugar. El futbol moderno con sus alegorías al toque, ataque, ritmos, posesiones, transiciones y rotaciones; es discriminatorio con aquellos que no persiguen otra cosa que el miserable resultado como objetivo del juego. Todas esas tendencias que encontraron justificante en los grandes triunfos del Barça, sirvieron como evangelio para inquirir cualquier estilo, corriente o escuela, que no se apegara a las nuevas normas de conducta. Es así como el viejo calcio italiano, parido en las grutas del catenaccio, fue acusado de herejía. Hace unos días en una orilla de la repesca, Giorgio Chiellini, primo lejano de Nesta y Cannavaro; sobrino nieto de Facchetti; y descendiente de Gentile, Scirea y Cabrini; dijo que el “Guardiolismo” arruinó toda una generación de defensores italianos. La declaración de Chiellini, acostumbrado a meter la cabeza donde solo llegan los pies, es razonable. La desnaturalización del calcio, un futbol cuajado en barro, provocó la pérdida de vocación en los jóvenes zagueros italianos: hoy está mal visto parecerse a Chiellini, defensor de las tradiciones de sus antepasados. Lo bonito es el jogo, la moda y su acompañamiento, que evita la existencia de miserables como Chiellini, olvidados por Italia en una fosa común junto a cuatro títulos mundiales. El futbol en búsqueda de autenticidad, debe recurrir a los italianos -histórico antídoto- para inhibir esa presuntuosa aspiración que tienen todos los equipos por parecerse al Barça.  

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