Cartas oceánicas

El uno, el dos, el tres...

La selección brasileña clasificó de forma tan prematura al Mundial de Rusia 2018, que parece una anormalidad. No es noticia que Brasil clasifique a los mundiales, ha jugado todos los campeonatos que se han organizado, tampoco que lo haga de forma tan contundente: 33 puntos con 10 victorias, 35 goles a favor y solo 10 en contra; lo relevante es que Brasil haya recuperado en tan corto tiempo, una personalidad ganadora que había desaparecido. Su caída en la Copa del Mundo de 2014, combinada con aquella goleada frente a Alemania, dejó una huella indeleble en la historia de la selección más ganadora del futbol mundial. Pero el oro olímpico de Río y la impecable eliminatoria con 13 fechas sin derrota, confirman que Brasil puso en orden los principios sobre los que se asentaba su dominante estilo. No era el pasado de este equipo lo que estaba en juego; era su juego, predecible, mecánico y ordinario, el que no tenía ningún futuro. La era de Scolari en el Scratch estuvo a punto de causar un daño irreparable en una de las fuentes de talento deportivo más grandes del mundo. El futbolista brasileño es un recurso natural y renovable, que los últimos entrenadores habían intentado adulterar. La identidad de Brasil fue falsificada por sistemas que pretendieron reprimir la imaginación de jugadores nacidos bajo el lema del jogo bonito, esa transferencia de valor original en cientos de generaciones de futbolistas brasileños, se puso en riesgo. Todo mundo señalaba el problema, pero nadie se atrevía a poner un remedio. Hasta que llegó Tite y tomó la decisión más dolorosa para un entrenador moderno: alineó al uno de portero, al tres de defensor, al ocho de medio campista, al once de atacante... después, le pidió a Brasil que saliera a jugar.

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