Cartas oceánicas

La selección y la Reforma en Telecomunicaciones

No hay día tan melancólico para algunos, que el último domingo del Mundial. Un velorio para cierta clase de afición. Hay quien espera cuatro años para venderse al futbol. Ese periodo divide a la afición real, de la mercantil. La Copa del Mundo sucede durante un mes, porcentaje mínimo sobre la cantidad de horas que invierten los fieles en otros torneos. En México, fanáticos como jugadores, entrenadores, dueños, patrocinadores, cineastas y medios, debemos aprender a disfrutar las expresiones diarias del juego. Empezando por los partidos internacionales donde la geografía nos obliga a jugar sin control remoto, sin derechos de televisión, sin estrellas. La zona donde Costa Rica demostró inmunidad contra campeones mundiales, mañana debería ser incentivo para considerar que en un Mundial a siete juegos, casi todo es posible. Casi todo menos aquellas fantasías a las que pretendemos llegar sin sacrificar dinero. La selección mexicana, herramienta de mercado en el prehistórico entorno mediático, o palanca de la Reforma en Telecomunicaciones, no puede volver a ser un objetivo comercial. Pensar en el “quinto partido” es dañino para todos. Aunque superemos el patriotero 93% de share. La fatídica ilusión nacional, mal retratada en un documental de ficción, muy festejado, expone nuestras fantasías como afición, no nuestras virtudes como sociedad. México es mucho más que un taquillero equipo de futbol. No es un “meme”. Debería ser, si lo permite el término, un equipo ciudadano, moderno y mesurado. Luego está el juego articulado por el balón. Donde alemanes y argentinos por ejemplo, son tenaces. El futbolista mexicano con toda su prole, debe aprender a competir, irse de casa y cada cuatro años, volver al Mundial.  

 

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