Cartas oceánicas

Rusia: el anfitrión incómodo

El extinto futbol soviético es el mejor ejemplo para explicar que en el deporte, el dinero es secundario. De aquellos elegantes equipos con rasgos militares, no hay rastro. Llegando a la URSS el juego encontraba su lado brusco. Las selecciones del régimen alineaban funcionarios, policías y hasta oficiales de la KGB. El soviético era un futbol nostálgico: figuras de mirada perdida pasaban los días entrenando en los cuarteles, pero al llegar las grandes noches europeas, esas tropas se convertían en equipos exquisitos. Había un encanto cuando jugaba la URSS difícil de explicar. Era como enfrentar al profesionalismo con su peor pesadilla: un cuadro de amateurs hambrientos, bien preparados y talentosos. La actual selección rusa, que dilapidó la herencia de aquel poderoso estilo, da ternura. El futbol detrás de la cortina de acero era trabajador, distinguido y competitivo. Nada que ver con los nuevos ricos que hicieron olvidar la crudeza de un severo sistema deportivo, convirtiendo a sus equipos en boutiques de moda. La mejor versión del futbol ruso fue gratuita. Cuesta entender que el capitalismo haya acabado con uno de los modelos de juego más temibles de la época. Hoy, en los campos de la luminosa Premier Rusa, no quedan bolcheviques, los enterraron bajo el pasto sintético de sus estadios mientras la calefacción artificial, arropa los lujosos palcos de los oligarcas del carbón, el acero, el gas y el petróleo. La nueva clase dominante cobijada por el poder, primero con Yeltsin y después con Putin, privatizó el futbol como el resto de los sectores industriales. Muchas cosas han cambiado en Moscú, sobre todo sus emblemáticos equipos que ahora están hechos de civiles. Rusia 2018, será otro de esos Mundiales con un anfitrión incómodo.

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