Cartas oceánicas

Juega, vive, reza

El triunfo de la Roma representa lo mejor que tiene el futbol, una historia, un honor y un amigo: Lucio Marino, romano, de profunda raíz en México y en el corazón de quienes lo extrañamos, murió esperando una noche como esta. Ahí la tienes, Lucio, fue perfecta. Dueña de una cultura imperial, la Roma no ha logrado conquistar las capitales europeas. Su personalidad, callejera, despreocupada y casera, le había marginado de los grandes títulos que peleaban con autoridad la Juve, el Milán o el Inter. Sus facultades son otras, ha sido un equipo más querido que ganador. Y en ese camino donde los triunfos parecen ser el único motivo para definir la grandeza, la Roma se sostuvo gracias a la sabiduría de sus aficionados. Lucio explicaba mejor que nadie el fenómeno de la identidad, para jugar en la Roma, había que vivir como romano. En esa relación tan auténtica entre jugador y ciudad, el futbol va cediendo tradiciones en función de la universalidad. No es el caso de la Roma cuyo último gran ídolo, tomó café con un mendigo, saludó a la Piazza del Popolo y se retiró montado en un vespino. Hechas para poderosos, las semifinales de la Champions recibirán un equipo fuera de lo común, precisamente, porque en lo común obtiene su mayor riqueza: juega como viven sus ciudadanos. De todos sus misterios, hay uno que el futbol no debe perder jamás: es capaz de conocer una persona a través de su equipo. Los que conocimos a Lucio nos volvimos tifosi de la Roma: por su canallesca y picardía, por su nobleza y ciudadanía. Por su ejemplo como amigo y padre de familia. No recordaré aquella noticia porque cada vez que suena el teléfono de madrugada, pienso en mi amigo, el mejor. Pero si hay que rezar por las noches, lo haré por noches como las de la Roma. 

josefgq@gmail.com