Cartas oceánicas

La renuncia del ganador

Pocas veces en la historia de un equipo y la carrera de un entrenador, suceden cosas como las que están viviendo el Barcelona y Luis Enrique: técnico en funciones, con la carta de renuncia firmada, aceptada y en la mano. Desde el día que anunció su despedida, el equipo gana, juega y aspira a todos los campeonatos que disputa. En este momento nadie puede negar que Luis Enrique tiene serias oportunidades para irse como un gran campeón. En la Liga se mantiene a dos puntos de Real Madrid, que lleva un partido menos, pero todavía le quedan ocho por jugar, uno de ellos el clásico del 23 de abril en el Bernabéu; jugará la final de Copa el 27 de mayo vs el Alavés; y arranca la eliminatoria de cuartos de final la próxima semana contra la Juve. La comparación con cualquier otro entrenador es inútil, porque a Luis Enrique, antes de su renuncia, era imposible juzgarlo en función de los resultados, como lo es ahora cuando todos saben que se va. Con 8 títulos de 10 posibles con el Barça y tres en plena competencia, su extraño caso explica lo insoportable que se vuelve jugar bien y además ganar: equipos como estos se cuentan con los dedos de una mano. En la mayoría de clubes importantes, el que sea, los números le respaldarían para seguir en el cargo una eternidad. Pero el estilo, que se discutía todos los días, fue el que mató al entrenador. Liberado de obligaciones parroquiales, decidió entregarse a la victoria, se especializó en ganar. En la etapa decisiva de la temporada es capaz de hacerlo jugando como siempre o como nunca. En cualquiera de sus versiones, tocando de un lado a otro o lanzado de abajo hacia arriba, su equipo es el mejor del mundo. No hay por lo tanto otro estilo en este competitivo Barça, que el irrenunciable estilo de ganar.

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