Cartas oceánicas

El real James

Balones de oro aparte, el gran ganador, individualmente, se llama James Rodríguez. Juvenil colombiano, 23 años, que en un mes se convirtió en el jugador más cotizado de la tierra, cuando semanas atrás, luchaba por un puesto titular en el Mónaco francés. Setenta millones de euros después, casi ochenta según algunas fuentes, son suficientes para entender que el futbol es el negocio que ofrece mayor rentabilidad en el menor tiempo posible. Ningún valor se cotiza o se deprecia tanto como la carta de un futbolista en un Mundial. Seis goles en cinco partidos, dos de ellos que firmarían los mejores cracks, elevaron su precio en segundos. Contra Uruguay en octavos, esponjando el pecho para recibir el balón, girando aprovechando el vuelo y rematando con violenta elegancia y contra Japón, entrando al área amagando, regateando y tocando con suavidad por encima del portero. El goleador del Mundial disparó 17 veces al marco, recuperó 10 balones, completó 163 pases y fue elegido en 3 ocasiones el Jugador Más Valioso del partido. Incluso en cuartos, frente a Brasil, a pesar de la derrota, James fue el mejor del campo. Reconocido por David Luiz que con un buen gesto, lo señaló como el futuro crack del continente. Como no podría ser otro, acostumbrado a comprarlo todo, Real Madrid lo tiene en caja. A punto de hacerse oficial, James jugará para el campeón de Europa las próximas temporadas. Sobre James pesa la edad y la continuidad. Ojalá un contrato de esta magnitud dentro de un club con exposición universal, no acabe con la prometedora carrera de un futbolista descarado. Ojalá, porque la realidad de una campaña europea tan exigente, obligado a todo desde el principio, no es lo mismo que cinco partidos de un Mundial. 

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