Cartas oceánicas

“Nada me puede separar del amor de Dios”

Entre sábanas, el doloroso sueño del campeón circula donde arranca su inmortalidad. La memoria de Schumacher dormido inaugura la Fórmula Uno. Cada vez más ecológica y codificada. Con redes, límite en velocidad, peso de automóvil, litros de combustible y sistemas digitales. La mano y corazón del deportista a bordo son instrumentos. Cuando el campeonato se mudó a los circuitos electrónicos, el piloto se convirtió en herramienta sobre la pista. Poco a poco la tecnología fue sustituyendo al valor. La era de Red Bull puso en entredicho la bravía raza de un tipo que se juega la vida mientras lo miramos en pijama por televisión. Sin sadismo, la competencia contra la muerte siempre ha formado parte del automovilismo profesional. Ser piloto es en parte ser amante de la muerte. Enamorarla, conquistarla y escapar de la FIA. Como Humphrey Bogart en Casablanca, furtivamente. Entre la muerte y la vida el piloto transita por la seducción sin límites, el kilometraje de una carrera se mide en revoluciones por pasión. Los Grandes Premios eran en principio un título a la supervivencia. Vencer las leyes del miedo, salir corriendo y al siguiente domingo, mantenerse vivo. En el cementerio de Morumbi, donde vive Senna, reza su lápida: “Nada me puede separar del amor de Dios”. Al margen de la religiosidad del hombre, la frase deduce la encomienda de Senna en la pista. Cada vez que el brasileño aceleraba por vocación, enfrentaba en una curva aquel destino del que se sabía prófugo, fugitivo inmortal. Senna como ícono de la muerte en la Fórmula Uno, encabeza una procesión rumbo al cielo. Igual que Nikki Lauda, cuyo rostro se volvió logotipo cinematográfico de supervivencia. Tres, dos, uno, cero; arrancan. Que gane el mejor.

josefgq@gmail.com