Cartas oceánicas

La primera piedra

Uno de los grandes poderes que tienen las canteras, es mejorar el nivel de los jugadores que no fueron criados en ella. Los foráneos que llegan a un club que de verdad confía en sus juveniles -no importa sin son extranjeros, naturalizados o mexicanos nacidos en otro equipo-, tienen la obligación de asimilar esa cultura del desarrollo que por naturaleza, define a las categorías inferiores. En Pumas le dieron el nombre de Fuerzas Básicas, era la primera piedra, porque sostenía la estructura de una organización que empezaba con una escuela de futbol para niños llamada Pumitas, y terminaba con un grupo denominado Reserva Profesional que en muchas ocasiones, empujaba, apretaba, presionaba y vencía al primer equipo en los clásicos interescuadras. Recuerdo una temporada en la que Pumas arrancó la campaña con una gran racha y perdió el invicto en su estadio de prácticas. Aquel partido entre el primer equipo y la Reserva Profesional, que jugaba su propio campeonato, a punto estuvo de terminar a golpes. Héctor Sanabria que dirigía la Primera División, suspendió el juego que terminó 2-1 a favor de los juveniles. Era común ver a Pumas entrenar con los menores, bajaba al barro, reconocía su raza, recuperaba instinto, recordaba el hambre y ponía los pies sobre la tierra. Son muchas las bondades de un club que tiene cultura de cantera, pero vocación e identidad son las primeras: ninguna se compra o se vende, todo lo contrario, una se siente y la otra se aprende. No puede regularse la contratación de futbolistas naturalizados como tampoco, puede obligarse a debutar un porcentaje de juveniles por temporada. La decisión es soberana y pertenece a cada uno de los clubes: crecer como negocio o evolucionar como cultura.  

 

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