Cartas oceánicas

El presidente

A Gianni Infantino le gustaba filtrar sus chistes en los sobrios sorteos de UEFA, igual que Blatter hacía con los de FIFA. Los secretarios generales huyeron del guión establecido y entre bombos, encontraban la frase exacta para arrancar una sonrisa al nervioso ex futbolista que subía al escenario a sacar pelotitas. Pero el joven de hierro del futbol europeo controló con severidad sus cuentas al mismo tiempo que su sentido del humor convencía a clubes y federaciones de adherirse a sus acuerdos. Infantino fue ambidiestro: con la mano derecha mandó y con la izquierda acarició. A la sombra de Platini su poder creció, en parte por la timidez del francés que nunca se sintió cómodo en público, y en mayor parte, por su meticulosa ingeniería financiera que hizo de la Champions el negocio más rentable en la historia del futbol.

No era fácil ganarse el favor de clubes dirigidos por tiburones como Berlusconi o Florentino; ni el de clubes que rinden cuentas a corporativos o accionistas como el Bayern, la Juve, el Barça y el United. Infantino tuvo la capacidad de ser un tipo frío en los negocios y cálido en las negociaciones. Virtud que le ayudó a ganarse la confianza de empresarios, jefes de Estado y patrocinadores, que seguían viendo a Platini, futbolista legendario, como figura decorativa. Para hablar del juego el intermediario era Platini, para hablar de dinero el comisionado era Infantino. Así que mientras el poético perfil de D'Artagnan se deterioraba al grado de ser engañado por Blatter, el cuerpo directivo que encarnaba Infantino: simpático, dinámico y diplomático, cobró valor. Su candidatura, lanzada por los hombres de negocio del futbol europeo, lo convirtieron en peligroso e irremediable favorito.

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