Cartas oceánicas

Al final del paseo siempre hay un clásico

Atravesando Castellana, donde el peatón se vuelve profesional, pueden sentirse los árboles que abrazan el paseo. Bajo sus ramas desnudas y anudadas, el paseante avanza por un túnel de madera con el viento frío pegándole en la cara. Tiene cedros, castaños y abetos centenarios. Entre casonas y palacetes, desde la Plaza de Colón y hasta la boca del metro que sale por el Bernabéu, son 40 minutos a pie en línea recta. Al principio del camino huele a nuevo, son los aromas perfumados de los precios, dando vuelta en las esquinas, vendiéndonos la navidad reflejada en los aparadores y escapando por las rendijas de las tiendas calentitas y bien iluminadas. Con sus bolsas, y sus modas caras, tropas de clientes cruzan los semáforos con el regalo de última hora en las manos. Más adelante, donde acaban las ofertas y vas rodeando las glorietas, empieza a oler a chocolate y almendra, castañas asadas, galletas y churros en bolsa de papel aceitado y azucarado, que las parejas de sombrero, abrigo, bastón y bufanda, comen sentados en sus bancos. Conforme avanzas se escuchan las sirenas, el silbato de la policía, las bocinas de los taxis y el ladrido de algún perro, es el murmullo del partido. Acercándose al Bernabéu la gente enronquece la voz, los colores del invierno desaparecen y los olores a croqueta, tortilla, cebolla, cerveza y mierda de caballo, rodean el estadio: en el fondo, siempre están el Real Madrid y el Barça. El clásico, que se jugará el próximo sábado a la una de la tarde en víspera de Noche Buena, puede dejar definido el campeonato. Con cinco títulos en el año, pero 11 puntos por debajo, no cabe otra posibilidad: si Real Madrid quiere enderezar el camino, tiene que vencer al Barça. Al final del gran paseo siempre hay un gran partido.

josefgq@gmail.com