Cartas oceánicas

Pida su milagro

Desde el día que Messi fue nombrado mejor futbolista del mundo, le exigimos todos los días una prueba de inmortalidad: mejores goles, un Mundial, otra Champions y el Balón de Oro una vez más. Todas las semanas acudimos a los estadios o prendemos la televisión buscando verlo hacer algún milagro, que casi siempre, consigue en directo. El futbol corre el riesgo de perder la sensibilidad con un jugador que nos ha malacostumbrado a que en cada uno de sus partidos, sucedan cosas difíciles de imaginar. El problema que tenemos con Messi es que vemos un fenómeno donde hay un tipo normal. Messi es un hombre normal dentro de un mundo que busca explicaciones sobrenaturales para casi todo. El martes al terminar su histórico partido en Ecuador, salió del estadio con su mochila bajo el brazo, caminó al autobús, se sentó en las filas centrales, se comió un sándwich y se bebió una lata de Coca Cola mientras miraba por la ventanilla al país que había llevado a un Mundial. Da la impresión de no ser consciente de lo que hace, lo que convoca y lo que es capaz de provocar. No adquiere protagonismos mas allá de la línea de meta, no acepta roles sociales, ni parecen importarle. Habla poco, juega mucho y no parece cansado de ganar. Es un futbolista que se siente solo un futbolista más, y como tal, enfrenta la realidad de su juego: otro estadio, otro partido y otro rival. Cuando Argentina festejaba, Messi ya tenía en la cabeza el Wanda y el Atlético de Madrid. Y así llevamos los últimos años, esperando que alguien supere a Messi, mientras Messi se supera a sí mismo. Convertido en constante objetivo de la historia, viaja todas las semanas a través del tiempo: a veces para jugar contra Pelé, o casi siempre, como en Quito, para jugar contra Maradona.

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