Cartas oceánicas

La pérdida del dorsal

Hubo un tiempo donde los niños recitaban de memoria el cuadro titular, alineados del 1 al 11, los jugadores eran fundamentales en la identificación con un equipo. Aunque hoy parezca inútil, mantener el mismo cuadro durante años significaba consistencia y seriedad. Hasta que el futbol, ajetreado por el mercado, se volvió una constante novedad: zapatos fosforescentes, uniformes extravagantes, jugadores relucientes y vuelta a empezar. El ciclo de vida de nuestro equipo se alteró cuando empezó a comportarse como un videojuego: el aficionado se transformó en usuario, el jugador en pieza intercambiable y el equipo en una tradición condicionada. Se acortaron tanto los plazos de maduración entre instituciones y afición, que hoy los clubes que no renuevan sus planteles de un torneo a otro, son condenados al aburrimiento. Los regímenes de transferencias, veraniegos o invernales, provocan satisfacción por el consumo, principal causa de ansiedad entre aficionados: quién se va, quién llega, cuánto cuestan, cuándo se presentan y qué resultados ofrecerán desde el primer partido. La dinámica de los torneos cortos en México obligó a los clubes a mantener un ritmo frenético de contrataciones, impidiendo el arraigo de los jugadores con un escudo y una ciudad. Reforzar el cuadro de un equipo de futbol era una actividad quirúrgica, los futbolistas entraban y salían con pinzas; hoy, la tendencia es otra: si no se fichan 4 o 5 jugadores nuevos cada seis meses, parece que los equipos se pudren. Siempre existió ilusión por memorizar apellidos nuevos en tu equipo, era parte del crecimiento, pero se valoraba más la permanencia que fomentaba admiración por el futbolista y respeto por su dorsal. Recitar el cuadro titular, era más importante que fichar.

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