Cartas oceánicas

La depresión del príncipe azul

Ningún proyecto ilusionaba tanto al inicio de campaña como la llegada de Guardiola a la Premier League, una combinación ganadora: técnico de reputada escuela, con singular estilo, sistema revolucionario, discurso independiente, trayectoria envidiable y la personalidad de un gentleman; se contrata con un club de recursos ilimitados, con vocación por el buen juego y en una ciudad muy futbolera; para competir por una Liga donde los equipos tienen el sentido de espectáculo en otra dimensión. Todo estaba en su sitio, era el contrato perfecto. Se extrañaba, quizá, añadirle un poco de casta al City que a falta de historia, compró un pedigree. Dirigir bajo estas condiciones ofrecían a la Premier la posibilidad de agregar un nuevo personaje a su cuento de hadas: una Liga de hechiceros, hombres antiguos, estadios como castillos, equipos como escudos y aficiones como reinos, ahora tenía al príncipe azul. Pero Guardiola no ha encajado en ese lugar. Por moderno, terco o idealista, su equipo empieza a convertirse en un estado autónomo dentro de una Isla que todavía, exige ciertos requisitos de pertenencia e identidad. No puede decirse que el City desconociera la corriente que Guardiola intenta imponer. Su futbol con Pellegrini ya se había convertido junto al delicado estilo del Arsenal y al renovado espíritu del Tottenham, en la única propuesta alternativa al característico arrojo británico. Con 21 fechas jugadas aquel City de Pellegrini iba tercero con 40 puntos, 12 victorias, 4 empates y 5 derrotas, era el equipo más ofensivo de la Premier con 39 a favor y 21 en contra. Un año después, el City de Guardiola lo supera por una victoria, 2 goles y 2 puntos; pero a Guardiola no lo firmaron para sumar números, sino para escribir historias. 

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