Cartas oceánicas

El pelotero que fue estatua de la libertad

La inconfundible estampa del Duque Hernández representó como ninguna la elegancia del beisbol: barbilla clavada al pecho, mirada entre visera y hombro, rodilla muy levantada, brazos caídos, guante escondido y espalda contra el bateador. Cada lanzamiento del Duque era un movimiento cultural, la gente iba a verlo pensar. Un hombre sobre la loma del Yankee Stadium con impecable traje a rayas, botas negras y medias por encima del pantalón, lanzaba pelotas al tiempo. Su peculiar estilo para jugar lo volvió un clásico. Hernández venía de otra época, jugaba para los Yanquis, cargaba una historia, era cubano y tenía lo mejor del beisbol: nostalgia y sabor. Ídolo con Industriales de La Habana y figura en la selección cubana de los noventa, su carrera, como la de otros excepcionales atletas isleños, pertenecía al régimen. Uno de los mejores lanzadores de todos los tiempos era propiedad de Fidel Castro. Igual que Liván, su hermano menor, otro lanzador extraordinario que estando de gira con Cuba en Monterrey, abandona el hotel, sube al coche de un representante de jugadores y llega a Estados Unidos para firmar con los Marlines. Grandes peloteros se quedaron mirando el malecón durante el bloqueo, pero el Duque alcanzó la orilla. Con 32 años y habiendo pasado su mejor momento, embarcó en una balsa, llegó a las Bahamas, se refugió en Costa Rica y Joe Cubas, el agente del rescate, le firmó un contrato. Ganó cuatro Series Mundiales, tres con Yanquis y una con Medias Blancas. Hernández no sería el primero ni el último, quizá tampoco el mejor. Pero aquella estampa del hombre sobre la loma de Nueva York fue la silueta del exilio, el perfil de la melancolía, una de las grandes estatuas del beisbol cubano: la libertad. 

 

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