Cartas oceánicas

Pecho frío

Es difícil encontrar figuras que ejerzan un liderazgo sin palabras, Messi no habla, no hace falta, su influencia es tan escandalosa como su silencio. Al líder callado, el futbol mundial lo señala como un hombre opaco. Pecho frío, es la definición ordinaria que sus ardientes detractores eligen para nombrarlo. Basta poner la frase en Google y los memes aparecen de inmediato. La búsqueda de Messi on-line es reveladora: los nuevos medios que acumulan sus enemigos más jóvenes, también son los más feroces. Prefieren un caudillo antes que un líder sencillo. Pareciera que la definición de ídolo para estas generaciones no se explica con valores, sino con etiquetas: controversia, alboroto, exuberancia, selfie, Instagram, pop, rock y jet set. En ese sentido, Messi es el más antiguo de los futbolistas modernos. Prefiere una milanesa napolitana en el desayunador de su casa que una cena de gala. La última noche, ayer en el Camp Nou, volvió a encabezar un movimiento. Alrededor suyo se organizó la revolución, es el tipo de líder que escasea: sin alharaca, manda en el juego. Con dos goles y otro partido de colección, cambió la perspectiva de tres instituciones gigantescas: empequeñeció a la Juve campeona del Calcio, nos hizo creer que la Champions es un torneo de salón y apagó las hogueras que durante las últimas semanas amenazaron al Barça. Su poder es inmenso, sin decir una palabra pone en orden las cosas. Por eso sigue sin entenderse que a pesar del apego por una u otra camiseta, exista un considerable sector de la afición empeñado en menospreciar su carrera. Sobran argumentos para promover un monumento al mejor futbolista de la historia; alegatos en su contra solo hay dos, los mismos de hoy: es pecho frío y nunca ha ganado un Mundial.  

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