Cartas oceánicas

Patada de regreso


Acerero, vaquero o empacador, la NFL dibuja como ninguna otra Liga el retrato de la América profunda e industrial: territorio obrero, hombres de overol, ciudadanos de botas, jeans, gorra, cerveza y pick-ups. Con ese espíritu tan representativo de su pueblo, encontró identidad con franquicias en ciudades donde el beisbol -pasatiempo centenario del estadunidense- se topaba con un deporte que en poco tiempo se convirtió en el espectáculo número uno del país. Puede decirse que el juego de béisbol es uno de los grandes símbolos de la cultura de los Estados Unidos, pero el futbol americano es el gran representante de su gente. Rodilla en tierra, una posición que nunca pareció tan desafiante, la NFL asumió una responsabilidad social difícil de encontrar en cualquier liga del mundo. La protesta generalizada en los últimos días al interior de una organización poderosa y emblemática, tiene su riqueza en la espontaneidad de sus jugadores, detalle que la engrandecen como defensora de los principios democráticos desde el primer nivel: la cancha; algo muy raro de observar en el deporte profesional. El paso al frente que ha dado la NFL como institución, devolviendo la patada del terreno de juego al terreno político, es la mejor muestra de su representatividad. A lo largo de su historia el deporte estadunidense ha funcionado como una efectiva herramienta de patriotismo, envuelto en barras y estrellas, rodeado de portaviones, la armada y hasta una estación espacial, su mensaje, lleno de heroísmo, siempre había parecido guionizado. Con este activismo voluntario, al que pueden adherirse otras Ligas y jugadores, ese deporte hollywoodense está demostrando su lado más humano: la NFL nunca había estado tan adentro del corazón norteamericano.

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