Cartas oceánicas

Un partido por la eternidad

Camp Nou, sábado 17 de mayo, seis en punto de la tarde; el futbol tiene estas fechas, alguien debe morir. Barcelona llegó a ese momento sin imaginar a principio de campaña, que se trataría de un homenaje en cuerpo presente. Pocas veces, quizá nunca, un grupo de futbolistas tuvo la oportunidad de arrodillarse ante sí mismo. Es una despedida valiente para el Barça. Su partido no busca alcanzar la inmortalidad, sino tocarla. Ejercerla. Abandonar una época con puntualidad: ganando en vivo un título de Liga. A veces el destino ofrece estos tratos. El Barça de la quinta de Puyol, un jugador de establo cuyo retiro agrega poderosas dosis de eternidad, saldrá al campo sin su capitán. Pero juntos, tal y como los conocimos, cruzarán el túnel del estadio para salir por los túneles del tiempo. A partir de mañana solo volveremos a ver este gran equipo en nuestra memoria o en los servidores de YouTube. Un último título así, levantado de una forma tan mediterránea, entre las piedras, la madera, la arena, las olas y el salitre que los adobaron, les convertirá en una especie de ganadores ambulantes. Vagabundos del triunfo. Serán costilla de la Masía. La Final del futbol español, una consecuencia imprevisible por extrema y excepcional, tendrá al magnífico Barça en carne propia. Lo triste, donde el futbol parece insensible, es que al mismo lugar convoca al Atlético de Madrid. Un equipo terrenal que tiene el llavero del cielo en las manos, sin poder abrir sus puertas todavía. No puedo saber y quizá nunca quiera saberlo, con quién será más justo el futbol la tarde del melancólico sábado. Con el Barça, que merece despedirse en vida, o con el Atlético, que lleva toda una vida luchando por no morir.  

 

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