Cartas oceánicas

A los padres y madres de Veracruz 2014:

No existe deporte, deportista, ni evento deportivo, capaz de esconder las heridas de una sociedad. Sin embargo, el deporte como movimiento, rodeado de sus símbolos sagrados, antorcha, aros, himno y bandera, resana. No cura, pero calma. No olvida el dolor, pero acompaña. Acaricia en cierto modo los espíritus juveniles que lo alimentan: respeto, trabajo, honestidad. Los Juegos Centroamericanos de Veracruz cumplen dos funciones. La primera es recordarnos que el deporte cuando es cómplice de la política, adquiere su forma más ruin. En nombre del deporte suelen cometerse muchos atropellos. Cualquier clase de Juegos, los más pequeños o los más grandes, han sido utilizados como elementos decorativos por todo tipo de regímenes: comunistas, capitalistas, dictadores, revolucionarios y ladrones. La segunda función de estos Centroamericanos, tan adoloridos, nos recuerda otra cosa. La más importante. El deportista con su armadura de valiente, sigue siendo el único que puede liberar al deporte y a su gente. Veracruz 2014 debe mantener ileso el sueño del niño que juega a ser atleta. Las familias veracruzanas están rescatando estos Juegos. Porque a orillas del abuso, aún confían, eso parece, en el deporte como el mejor compañero de vida para sus hijos. El legado de estos Centroamericanos se habrá cumplido si por cada día, cada prueba y cada participante, México gana un niño que quiere triunfar como deportista y no como político. No conozco estadio más triste que un estadio lleno de rehenes. Y no he visto estadio más alegre que un estadio lleno de esperanza. Padres y madres de Veracruz: acerquen sus hijos a la llama de los Juegos, al calor del deportista, a la luz que ofrece el deporte, en esta época sombría.  

 

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