Cartas oceánicas

Jémez: entre la afición y la fe

Pocos equipos jugaron tan bien, tanto tiempo y con tan poco dinero, como el Rayo de Paco Jémez. Aquellos futbolistas y su entrenador eran un homenaje a los de abajo. Un club formado de retazos, conseguía meterse año tras año entre los primeros tres lugares del índice de posesión de balón a nivel mundial. Ese Rayo educado en un barrio bravo como Vallecas, fue el primero que logró quitarle la pelota al Barça después de 315 partidos oficiales, incluidas dos finales de Champions League. El dato, ayuda a entender la obsesión de Jémez en sus principios de juego: presión, recuperación, control, posesión, circulación, distribución. A partir de estos conceptos el Rayo podía perder o ganar, pero nunca renunciar a su estilo. Fue, sin ninguna duda, el equipo más terco en los últimos años del futbol español. Tan terco era el Rayo de Jémez como el Barça de Guardiola, la considerable diferencia, estaba en la calidad individual de sus jugadores: una razón de precio. El Rayito, último equipo de barrio en el futbol europeo, sufría todos los meses para pagar la nómina, miraba de reojo los créditos bancarios y financiaba su deuda con una hipoteca de categoría: mantenerse en Primera División la temporada entrante, era lo único que abría o cerraba los fondos de inversión. Por eso el círculo rojo del futbol levantó un obelisco en honor a Jémez, el técnico que estaba democratizado un estilo caro, exquisito y refinado, acercándolo a las clases populares con un sistema de alto riesgo. Todos los domingos jugaba al borde del precipicio, pero su pueblo, acostumbrado a sentarse al filo, se la jugaba con su Rayo en un estadio que vivía entre la gracia y la desgracia. Jémez puede triunfar en el futbol mexicano, necesita una afición, sufrimiento y mucha fe. 

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