Cartas oceánicas

Código de barras

Jugándose el descenso y quizá su carrera, Paco Jémez apeló a un discurso pocas veces escuchado en un técnico de futbol. Previo al juego contra el Málaga con quien la UD Las Palmas pelea los últimos lugares de la Liga, aceptó que dentro del campo prefería futbolistas mercenarios antes que sentimentales: “Hay gente que prefiere jugadores que besan el escudo, yo prefiero a gente que pelee y trabaje por dinero…”. La explosiva sinceridad de Jémez, en un momento desesperante en la vida de un Club de futbol, lleva al extremo la vocación del jugador, extirpándole al profesional cualquier residuo del espíritu deportivo que algún día corrió por su cuerpo. No existe, según su nueva forma de interpretar la profesión, otra razón para jugar al futbol que la de ganar dinero: sin darse cuenta le puso precio a la derrota. Dirigió un grupo de mercenarios que buscan la salvación. Dicho esto, su equipo venció al Málaga con gol de último minuto y por ahora, vive; hasta que sus jugadores negocien el esfuerzo. El riesgo de etiquetar al deportista con la obligación de ganarse un sueldo, y no con el derecho a defender unos colores, convierte el juego en un código de barras. Esa relación que mide la pasión por litros, la afición por kilos y el esfuerzo por monedas, ahuyenta mucho más que cualquier derrota. Las múltiples capas que a lo largo de su carrera va adquiriendo el deportista profesional, apenas dejan ver al joven amateur que todos llevaban dentro. Ese amateurismo tan necesario para ser un profesional integral, se va perdiendo a edades cada vez más tempranas. Declaraciones como la de Jémez se escuchan poco, pero se piensan mucho. Pedirle a un futbolista que juegue como mercenario, es como pedirle a un aficionado que cobre por asistir al estadio.  

josefgq@gmail.com