Cartas oceánicas

El paciente holandés

Louis van Gaal, técnico en el ocaso y apóstol de la formación, descartó una oferta para dirigir al Leverkusen, y con su ártica sinceridad, rechazó los rumores que lo colocaban en el Dortmund. La razón de Van Gaal es el tiempo: “No puedo ir al Dortmund, no tengo tiempo para hacer grande a un club pequeño…”. Poseedor de una sabiduría avalada por el descubrimiento de grandes talentos y la dirección de grandes equipos, sus declaraciones ofrecen, precisamente, claridad al eterno debate sobre la grandeza. Una cualidad que Van Gaal define con sencillez: tiempo. Pero el tiempo en el futbol moderno es un bien menospreciado, porque el tiempo en este negocio tan ansioso y pasional, es sinónimo de vocación para formar, trabajo para perfeccionar, y entereza para consolidar una cultura institucional en las oficinas que permita defender un sello en el campo de juego. También, el tiempo significa respeto, y algo cada vez menos valorado en los equipos profesionales: lealtad. Todas esas cualidades las tiene el Dortmund, como muchos otros equipos en el mundo, lo que no tienen, y aquí cobra validez la teoría de Van Gaal, es tiempo recorrido por el mismo camino, es decir, años caminando con grandeza. Bajo esa dimensión, los criterios para definir a un Club como grande son: la edad, y el comportamiento que hayan demostrado durante esa vida. En el camino, como efecto inmediato de un conducta integral, las organizaciones deportivas ganan prestigio y en consecuencia, títulos. Un título no es lo mismo que un trofeo. La impaciencia, como resultado de la acumulación de trofeos a toda prisa y a cualquier precio, es la principal razón para perder la grandeza o jamás alcanzarla. Como ha dicho Van Gaal, el paciente holandés, hay que darle tiempo a la grandeza.

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