Cartas oceánicas

El nuevo Este vs. el viejo Oeste

Sobre el antiguo deporte soviético, uno de los ejes que articulaban el aparato propagandístico tras la cortina de acero, se construyeron muchas leyendas. Casi siempre, vinculadas al interés político que tenían las dos grandes potencias en desprestigiar sus métodos, o demostrar su poderío en época de la guerra fría. Los Juegos Olímpicos, que durante los años ochenta fueron utilizados por los Estados Unidos y la URSS como escenario invisible de su disputa, sufrieron el boicot de ambos bloques. Fueron los Juegos, también, el medio que la diplomacia internacional encontró para suavizar los discursos. Grandes atletas norteamericanos, británicos, franceses o alemanes federales, se convirtieron en emblemáticos personajes del oeste, que enfrentaban desde una perspectiva popular, a las máquinas de competencia que diseñaban Rusia, Cuba y los países del este. El deporte olímpico, en particular el atletismo, la natación, el hockey sobre hielo y el boxeo, funcionaban para ganar combates sin tener que ir a la guerra. De un lado de la cortina la televisión hablaba de patriotas, y al otro, se hablaba de soldados. Así, los dos bloques lanzaban a los Juegos lo mejor de sus campos de entrenamiento o sus laboratorios. Siempre hubo sospechas alrededor del deporte ruso y sus procedimientos, pero de la misma forma, nadie se atrevía a confirmar que el desarrollo del deporte occidental fuese impecable. Hoy, envuelta en el dopaje del atletismo y la corrupción del futbol, reaparece aquella tensión que jaloneaba al deporte hacia uno y otro lado. Moscú, al este de la trama, acarrea Sochi, el próximo Mundial y una amenaza de suspensión sobre los atletas rusos en competiciones olímpicas. Washington, al oeste, continúa vigilante. 

 

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