Cartas oceánicas

El nuevo oeste

Separadas por cinco mil kilómetros, las ciudades de Boston y Los Ángeles, definieron en los ochenta una de las rivalidades más apasionantes del deporte norteamericano. Fue el estallido de la NBA en el mundo, una liga que dividió a los estadunidenses de costa a costa. Entre el Este y el Oeste se levantaron dos gigantes que batallaron por la defensa de las tradiciones o la imposición de un nuevo estilo de basquetbol. Por un lado los Celtics en su viejo parqué del Garden con un juego muy académico, duro, de mucho pase y lanzamientos de tres puntos, y por el otro, los Lakers, fundadores de la era del show time que dio por llamar a esto el deporte ráfaga. Larry Bird y Magic Johnson al frente de estas franquicias y rivales desde su épocas  de colegial, se volvieron monumentos de la ciudad. Boston, con Medias Rojas, Celtics o Patriotas. Los Ángeles, con Dodgers y Lakers. Nueva York con Yanquis y Knicks. Chicago con Medias Blancas y Osos o Detroit, con Tigres y Pistones, por citar algunos, heredan o traspasan a través del tiempo estas rivalidades sin importar el equipo o deporte que representan. Así llegamos hasta la MLS, la más pequeña de las grandes ligas norteamericanas, que en medio de estas pasiones metropolitanas también encontró su gran clásico. Los Ángeles Galaxy contra New England Revolution, los cuales jugaron ayer la tercera final de campeonato entre esos conjuntos. Cualquier resultado engrandecería su rivalidad. Los Ángeles volvieron a hacerlo: ganan su quinta Copa en dieciocho años, la tercera venciendo al Revolution, convierten a Donovan en leyenda, son el equipo con más campeonatos de la MLS y dejan al Revolution como el gran perdedor en la historia de la liga con cinco derrotas en cinco finales. Boston no merece tanta humillación.  

 

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