Cartas oceánicas

No se vaya, Paco

Calva, asoleada por el clásico cielo madrileño de media mañana, la cabeza de Paco Jémez brillaba con luz propia en el ensanche vallecano. Era fácil distinguir al entrenador, tenía claridad. Dueño de un vigor que en ocasiones superaba la energía de sus jugadores, dirigía las prácticas a dos manos: con la derecha mandaba y con la izquierda convencía. Su equipo era un rara avis en el circuito del futbol europeo, mitad poeta, mitad marcial; trataba la pelota como solo el Barça más "guardiolano" podía hacerlo, y corría con más kilómetros que el Lokomotiv de la guerra fría. Aquel cuadro de Jémez jugaba como un club grande dentro de un estadio pequeño: le faltaba dinero. Sus fondos nunca estuvieron a la altura de sus ideales, le sobraba convicción pero le hacía falta inversión. Ese detalle llamó la atención de algunos clubes de la Premier, otros de la Bundesliga, y un sector de la aristocracia en la Liga española, que se relamían los bigotes imaginando lo que este hombre de escasos recursos podía hacer con un presupuesto mayor. Había otra postura a su alrededor, la que le consideraba un suicida, capaz de llevar un partido al abismo, con tal de no caer en el conformismo. Esa cualidad, la del inconforme permanente, define con exactitud su perfeccionismo y personalidad. Jémez tiene mucho carácter pero sobre todo, genio. Pocas instituciones se atreven a convivir con un entrenador así: dominante. En México no ha caído bien su dureza, confundida con necedad; y su sinceridad, confundida con altanería: el pensamiento de Jémez tenía otro acento. Lo que dure en esta Liga, ojalá sea un largo tiempo, merecería verlo desde otra perspectiva: Jémez puede darle mucho al futbol mexicano, y el futbol mexicano puede hacerlo mejor entrenador.

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