Cartas oceánicas

Los niños de Calcuta

El ciclo de vida de la selección nacional que jugará el Mundial del 2026 en México, Estados Unidos y Canadá, inició ayer en Calcuta. Con empate a un gol contra Irak, los infantiles Sub 17 arrancaron un largo viaje hacia el interior del futbol mexicano en el que deberán esquivar todo tipo de amenazas: promotores rapaces, entrenadores cobardes, reglamentos irregulares, directivos miopes y padres de familia voraces; los rivales más peligrosos de estos niños estarán fuera del campo. Con mucha suerte, tres de ellos llegarán a la selección mayor; y con gran instinto de supervivencia, uno de esos tres futbolistas logrará jugar el Mundial en 2026. El futuro del futbol mexicano depende de sus Clubes, porque a una selección los jugadores deben llegar formados y en ella, tiene que descansar su sabiduría. La responsabilidad de los Clubes es máxima. Todas las selecciones que marcaron una época tuvieron un Club de referencia, cuando mucho dos. La Naranja Mecánica se formó con las piedras del Ajax, y la selección española con las del Barça. Ambos cuadros viven de lo que producen, viven de la tierra. Las bondades del crecimiento orgánico en un equipo de fútbol son muchas, los futbolistas se conocen desde niños y al llegar la madurez, cuando los Mundiales exigen comportarse como adultos, llevan toda una vida jugando juntos. Las camadas, quintas o generaciones de futbolistas, forman el estilo de cualquier país. Pero ese concepto sagrado y familiar que habita en las canteras, está desapareciendo en México. A pesar del éxito de las selecciones infantiles, no olvidemos que los mundialistas Sub 17 son menospreciados por equipos y técnicos al regresar a casa. Los niños que nacieron en Calcuta, ciudad de la alegría, quizá puedan cambiar las cosas. 

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