Cartas oceánicas

La mudanza del alma

Previo a una eliminatoria de Champions en octubre pasado, Diego Simeone cambió la agenda de su equipo y lo hizo entrenar en el abandonado Vicente Calderón. En el ambiente del Atlético corría el rumor que el Club había perdido algunas cosas en la mudanza al moderno Wanda Metropolitano. El técnico, canchero, cabalístico y nostálgico, temía que sus jugadores hubiesen olvidado el alma. Algo no cuadraba entre el Atlético, un equipo aguerrido; y su nuevo estadio, un escenario lujoso. Así que aquella tarde el guarda campo jubilado del Calderón, abrió las puertas para que los futbolistas olfatearan los recuerdos que dejaron. Solos y en silencio, equipo y estadio se despidieron. Aunque el Atlético terminó eliminado de la Champions, me cuenta un buen amigo que a partir de esa tarde el ánimo de ese grupo cambió. Fue como dejar un periodo de luto. Desde entonces, el Atlético mantiene el invicto en casa. Coincidencia o curiosidad, el futbol cuajado en barrio tiene esos detalles que apasionan. De estreno y de gala al inicio de temporada, la comodidad del Wanda incomodaba al colchonero de bufanda. El millonario estadio corría el riesgo de volverse un campo maldito, y este tipo de cosas calan mucho en una afición con el alma del Atlético. Así que Simeone lo arregló con un entierro sencillo y familiar. Meses después, recuperó la personalidad de un equipo añejo que parecía diluirse entre tanta modernidad. A cinco puntos del Barcelona y con una visita al Camp Nou este fin de semana, el viejo espíritu indio le ha dado vida a una Liga que estaba clausurada. No son el Barça y el Real Madrid quienes sostienen el futbol en España, es el Atlético con su obstinada garra, quien le ofrece credibilidad a un campeonato que no interesaba nada.

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