Cartas oceánicas

El momento de Río

Hace dos años, durante la celebración de su campeonato mundial, Brasil apeló en todos sus partidos a un ardiente espíritu patriótico que intentaba funcionar como adhesivo de una sociedad irritada en un momento de alta tensión política. La selección brasileña, cómplice del arrebato, perdió el control de su juego, rítmico, alegre y cadencioso, que tanta calidez dio a su pueblo a lo largo de la historia. Alentados por tambores de guerra y un técnico servil y ministerial, los jugadores se convirtieron en funcionarios: tenían la obligación de hinchar sus pulmones cantando el himno frente a las cámaras de televisión y después, ganar un partido de futbol a como diera lugar. El fracaso de Brasil fue triple: perdió el Mundial, perdió el futbol y perdió la confianza de su gente, que nunca creyó en aquel grupo de futbolistas como representantes originales de la sociedad. El país no necesitaba una selección artificial, necesitaba transparencia. El mensaje fue devastador: el futbol, uno de los grandes tesoros humanos de Brasil, había sido dilapidado en beneficio de la desgastada imagen de sus gobernantes. Hoy que inaugura los Juegos Olímpicos bajo un tremendo sigilo presupuestario, se espera que la ceremonia tenga un tono distinto al del Mundial. El brasileño ha sido un pueblo radiante por naturaleza, contagia de color, música, danzas y vida, a un mundo que le estima y le necesita sano. Hecho el tremendo gasto de organizar los Juegos en el transcurso de una seria recesión en su economía, Brasil debe aprovechar el momento para mandar otro tipo de recado a los 3 mil millones de personas que le vigilarán a través de los satélites: deporte, salud, juventud, educación, medio ambiente y lucidez; nada de nacionalismos.

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