Cartas oceánicas

El futbolista del milenio

Moise Kean nació cuando habían desaparecido las botas de cuero negras, los futbolistas calzaban hormas multicolor y la solemnidad de un árbitro se transformó en un personaje fluorescente que atravesaba el campo. A Kean, le contaron que había periódicos de grandes portadas que significaban homenajes; que la radio era capaz de escuchar a las personas y darle voz a un estadio; que la televisión era un electrodoméstico alrededor del cual se sentaban familias a mirar los partidos y que los periodistas eran hombres de lápiz, libreta y Olivetti en mano. Kean no entendía como el futbol podía mirarse sin una suscripción online, compartirse sin una red social y existir sin ancho de banda. No imaginaba cómo sería jugar con la camiseta pesada, las calcetas mojadas y la cancha enlodada. Cuando le regalaron su primer balón, brillaba en la oscuridad; cuando le hablaron de Maradona, le señalaban el siglo pasado; y cuando le llevaban al estadio, no quedaban taquilleros en el campo. Un día preguntó por los Mundiales y le explicaron para qué servía la FIFA, que las selecciones parecían países y los países tenían fronteras. Le advirtieron, también, que hubo un tiempo donde los estadios fueron lugares peligrosos, que se perseguía el racismo, la violencia en las tribunas y los cantos discriminatorios se tomaban como una broma. Kean supo que venía de otra época cuando el sábado saltó de la banca y Allegri lo debuta con la Juve en primera. Hijo de inmigrantes costamarfileños criado en Turín, apenas tiene 16 años y es uno de los profesionales nacidos en el siglo XXI: ayer se convirtió en el primer futbolista del milenio en jugar la principal competición europea. El futbol tiene que adaptarse a los tiempos de Kean, las cosas cambian desde adentro. 

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